Saturday, June 9, 2018

Reciclaje sesentero

Mientras el país se apronta para un nuevo gobierno y la mayoría -de seguro superior a la que ganó la elección– desea, como es natural, que eso traiga prosperidad o siquiera algunos años sin tantos puños en alto, retroexcavadora y majaderos de las transformaciones profundas, hoy llamadas “el legado de Bachelet”, la decé se desgarra entre la facción que se obstina en continuar como vagón de cola del progresismo, antes convoy que no se sabía adónde iba y hoy detenido en un ramal que no va a ninguna parte, en tanto que otra, en “proceso de reflexión”, amenaza renunciar y/o advierte que ha descubierto su verdadero domicilio no en la centroizquierda sino en el centro puro y duro, hoy sólo estación intermedia en viaje hacia la derecha y no punto de reposo para siempre jamás. Al mismo tiempo una fuerte minoría del país, confusa en todo menos en su clara desconfianza y hasta repulsa, sigue bailando al son de la tonada de la coalición derrotada porque, a fin de cuentas, no han transcurrido en vano las muchas décadas durante las cuales la izquierda se estuvo presentando como concesionaria vitalicia de la voluntad y el bienestar popular. Ahora, tras la derrota, su lucha por el proletariado tomará la forma de una “defensa de las conquistas”. Así lo describió el señor Duarte, secretario general de la decé. No detalló cuáles conquistas.
Para esa defensa cuentan con el Congreso, la ANEF, el Colegio de Profesores, algunos gremios más, y en especial la carne de cañón estudiantil que una nueva hornada de dirigentes, a quienes se les abrió el apetito viendo a los Jackson y a las Vallejo convertirse en muy bien pagados señores y señoras políticos, están disponibles para azuzarla. Sobre todo cuentan con el ejército de combatientes apernados en la administración pública. De ellos se espera la debida y revolucionaria tarea de atornillar al revés. Eso, la captura de buena parte del Estado, fue el gran logro político de la NM. Puede que hayan estancado (a pesar de las “semillas” de Eyzaguirre y los brotes verdes de Arenas) al país, amén de sumirlo en lógicas menos históricas que histéricas, pero confían en ese enclave de camaradas incrustados en el aparato público.
Esa preparación para una nueva chance, ahora la del año 2022, podría parecer “una mirada de futuro”, pero no es más mirada de futuro que la de esas sectas que, al no cumplirse la fecha del Juicio Final anunciado a la feligresía, entonces la postergan para otra. En eso están el PC, el PS, el PPD, el PR y la mitad de la decé. Muy natural; la izquierda no mira al futuro más que como otra oportunidad para revivir el pasado. Decimos “izquierda”. Ya es hora de retornar al verdadero nombre de ese sector en vez de aceptarles el acomodaticio “progresismo”. Sus devotos debieran imitar a su antecesores, quienes no se andaban escondiendo. En esos tiempos todo socialista proclamaba abiertamente su afán por construir el socialismo y más tarde el comunismo. Creían con fervor que a eso conducía la marcha de la humanidad. Lo recitaban así: primero el hombre primitivo y recolector, luego los imperios esclavistas, después el régimen feudal, en seguida el actual capitalismo y ya venía, ya vendría el socialismo.



Hoy
Pero ¿qué significa HOY ser socialista, el socialismo? Muchos de ellos ni siquiera pronuncian ese vocablo, silencio selectivo realmente extraordinario. No sería más raro escuchar una homilía del Papa en la que no se pronunciara ni una sola vez la palabra “Cristo”. De seguro en las asambleas en las que examinaron sus pecados el tema acerca de la razón de ser última de su postura no pasó por la mente de nadie. ¿Para qué ahondar en honduras teológicas? La NM o como sea se rebautice sólo tiene una doctrina: oponerse a rajatabla. Para eso propone una nueva alianza incluso a los restos de la histriónica y ya patética decé, la cual de asamblea en asamblea no hace nada decisivo salvo anunciar una próxima asamblea. Fuera de eso le hacen pucheritos al Frente Amplio, la nueva y desdeñosa chiquilla del barrio a la que quieren enamorar. Se les oye también aquí y allá, salpicado como condimento, el mantra “defender el legado de Bachelet”. Ese es hoy el progresismo. Esa es la defensa de las “conquistas”. Ese es su ánimo. Ese es el valor de sus introspecciones. Eso es todo. De ideas, ni hablar; de un honesto interés por averiguar lo que le conviene al país, ni en broma. Más fácil aceptar la tesis Gutiérrez según la cual los electores son una horda de fachos pobres y rubias imbéciles. Por eso, si alguien de sus propias filas les hubiera pedido escudriñar qué significa hoy ser socialista, sus palabras habrían sido recibidas con ese pasmo que producen las preguntas tocando algo esencial y fundamental, pero por lo mismo dado por sabido y simultáneamente totalmente ignorado.

Los jóvenes
Tal vez los jóvenes que se proclaman hijos de Fidel, del Che, del difunto Chávez y hasta de Maduro y/o son parte de algunas de las 14 facciones del Frente Amplio o simplemente militan en las juventudes socialistas o comunistas o espetan diariamente su flamígera ira contra el modelo desde las redes pudieran estar en condiciones para siquiera interesarse en la pregunta, pero difícilmente podrían responderla. Se agitan en la confusión. Hemos oído a una de las pasionarias que pululan en dicho movimiento anunciando una oposición “dura”, pero a su vez Gabriel Boric ha dicho que el FA debe ser propositivo y no solamente antipiñerista. ¿Por dónde pecatas meas, entonces? Entre las posturas de quienes simplemente se proclaman antimodelo y las de quienes hablan de ir viendo y examinar cada paso hay un enorme espacio intermedio con toda laya de nichos. Hay incluso espacio hasta para que quepan los radicales. ¿A qué aspiran, entonces? Imposible saberlo aun leyendo con la mayor buena voluntad a sus personeros más alfabetos.
Con qué nostalgia uno piensa en los sesenta, cuando todo era más fácil. Los veinteañeros de dicha década proclamaban sin eufemismos y a gritos su adhesión al socialismo, proyecto que parecía de futuro, incluso inevitable; el acto de sumarse equivalía a subirse al ómnibus de la historia. Hoy, en cambio, ser socialista a esa edad tiene un cariz completamente distinto. Salvo en el caso de algunos estudiantes serios que han leído a los mistagogos de la cábala marxista, también a Foucault y a otras estrellas del firmamento post y pre Althusseriano, el masivo y ululante resto de la congregación se suma a la Fe no como fruto de una profunda reflexión política, ni siquiera por oler que hay allí un flamante producto al que vale la pena echarle una probadita, sino porque es la onda contestataria y “retro” que está de moda en sustitución del jean con agujeros y rajaduras de fábrica. Hoy sencillamente viste mucho hablar santurronamente del Che. Decirse progresista –o sea, socialista sin decirlo– es como plegarse a quienes proclaman que “lo que la lleva” es regresar al uso del tocadiscos y el LP. Ser socialista, hoy, cualquiera sea su actual nombre, es un acto de reciclaje sesentero y una dieta para bajarle el peso al tedio.

Los ancianos
Habrá entonces que girar en redondo y regresar a la cohorte sexagenaria a la que hemos dejado sentada en una asamblea haciéndose una “autocrítica”. Tal vez sean más dados a la reflexión que sus compañeritos, pero también y mucho más a la inercia. Casi inconcebible que un viejo izquierdista con 40 años de servicio en la administración del Estado y bueno para enarbolar automáticamente el puño en ocasiones sacramentales vaya, por mucho que se tiente, a dar el gran salto hacia la duda cartesiana. La historia señala a las claras adónde van estos movimientos, por poderosos que hayan sido, cuando la vida los ha estacionado al lado del gallinero; ya no van a ninguna parte y la hierba crece entre sus ruedas. En casos como estos sólo queda la memoria, la nostalgia, las frases de siempre, algo así como el gesto técnico del boxeador convertido en paquete, el pugilista de relleno que caerá al primer round pero sabe aún ponerse los guantes y saludar al respetable. ¡Dale, Martín, dale!

Libertad de acción

Continúa discutiéndose en el seno del Partido Demócrata Cristiano el tema de la “libertad de acción”, señal clara de que no se han librado de él. Mientras algunos dirigentes la han pedido o insinuado, otros y otras la niegan con el mayor énfasis que puedan manifestar o simular. Parte del énfasis consiste en asegurar taxativamente que “jamás votarán por Piñera”, opción que por default o confesión asocian a dicha libertad. Es una proclamación negativa hecha ya tantas veces que más asemeja un conjuro que una orden o siquiera una predicción. Su eficacia es discutible; sin duda puede tenerla a título personal de quien la profiere, pero otra cosa es si esa negativa envuelta en tan imperiosos tonos institucionales tiene también efecto para el resto de la militancia; en especial cabe preguntarse si despierta eco en los meros simpatizantes o votantes sin registro ni compromisos y que hasta ahora han hecho canoísmo casi en seco en las decrecientes aguas espirituales de la falange. Hoy en día y más que nunca una cosa es lo que digan y hagan los dirigentes y otra lo que hagan y digan los simples partidarios. Los primeros tienen intereses vitales para sustentar su fiera decisión de aferrarse a la no-libertad, como lo son la viabilidad política de su partido y con ello la de sus posiciones como dirigentes, para no mencionar, porque quizás sería algo rudo decirlo, los cargos en el gobierno, el Congreso, en las reparticiones públicas y otros beneficios asociados al duro sacrificio por la Patria Resiliente. Los segundos no llevan sobre sus hombros esa pesada carga.
El “debate” acerca de la libertad de acción se ha centrado en ese partido y no en otros de la coalición -y mucho menos en el Frente Amplio- por una razón muy sencilla: es la Democracia Cristiana la colectividad que dentro de la NM ha estado más incómoda, puesto más reparos y expresado más reproches a la labor del gobierno, incluyendo amenazas veladas o abiertas de seguir su propio camino, lo que hasta cierto punto materializó con la candidatura de la señora Goic. Inimaginable dicho predicamento y agitación de banderas independentistas en el seno del PS, del PC y hasta del renacido PR, el Lázaro de la actual política chilena, cuerpo yerto levantado de su tumba y puesto a caminar por un milagro del nuevo Mesías, Alejandro Guillier. Todos están por igual orgánica, visceral, existencial y oportunísticamente vinculados a la NM. Sobre todo es así con el PC. Ese partido, de no ser miembro de la coalición y de los pactos que entraña, pasaría desde la condición de iniciador, ejecutor y controlador de parte importante de la institucionalidad del Estado y de la oreja presidencial de turno a la de partido del 5% del electorado.

Buenas razones
Considerando todos esos factores, la razón de la candidatura Goic o más bien de su “saludo a la bandera” ha sido siempre plausible y razonable; su partido no es de izquierda como los otros, sino tiene su habitación, nos comunican los agrimensores de la flecha roja, en el territorio de la “centroizquierda”. Que dicha expresión en sí misma no signifique nada precisamente por pretender significar demasiado y no definir ninguna cosa, importa bien poco; al menos con ese membrete se le comunica a la nación que NO es un partido con siquiera un leve tufo de marxismo, colectivismo, estatismo y todos los demás ismos de la constelación ideológica, emocional, palabrera y laboral de la izquierda. A esa razón se agrega su auténtico disgusto por mucho de lo hecho por el gobierno con el apoyo del resto de la coalición y a lo que la decé ha opuesto reparos en varias ocasiones. La NM ha sido una entidad donde el PS y el PC encontraron con un nuevo nombre su tradicional área común de entendimiento y valores sostenidos desde tiempos inmemoriales, alianza natural en todo el sentido de la palabra, pero para la decé no ha sido nunca ni puede ser jamás sino instrumental, un pacto electoral y de gobierno celebrado con fuerzas en todo distintas, salvo en el interés común por gobernar y el uso común y vacío del término “centroizquierda” o el aun más vacío y manoseado de “progresismo”. Un instrumento se toma o se deja según su utilidad, en este caso el estar en el gobierno con algún peso y gravitación o siquiera real influencia; si esos elementos faltan, la utilidad disminuye o hasta desaparece y llega el momento de repactar las condiciones con los difíciles socios. Ese momento es hoy y es otra razón para la candidatura Goic.

¿Y malas razones…?
Lo que podría parecer no razonable, incluso anacrónico, es el debate sobre la libertad de acción. Siendo políticos profesionales con el índice puesto sobre el pulso de la nación, la del año 2017, sin embargo se comportan como senadores de la Roma clásica decidiendo si van o no a convertir a sus esclavos en “libertos”. Dicho debate a primera vista o audición se ve y suena ridículo porque hoy en día ninguna doña Juanita y su cónyuge e hijos están esperando el permiso de nadie para votar por quien se les frunza, pero por supuesto la señora Goic y los demás dirigentes saben perfectamente todo eso. Lo saben mejor que nosotros porque si acaso tienen el índice puesto en algún pulso, es en el pulso de su partido y hace rato ya que captaron los latidos del creciente flujo de votantes, otrora suyos, que están pensando en votar o ya decidieron hacerlo por la derecha, fenómeno que ocurre aun en altas esferas de la colectividad. Hasta el más despistado sabe que de los ex altos dirigentes que forman parte del movimiento “Progreso sin Progresismo” difícilmente habrá muchos que vayan a votar por Goic y sin duda ninguno lo hará por Guillier, a quien consideran, como el propio Guillier lo ha dicho, continuador de la señora Bachelet, lo que equivale a decir continuador de la desmedida influencia del PC y de su programa y sus hordas enquistadas en el Estado. Los dirigentes decé saben de la existencia de ese flujo o más bien hemorragia y saben también que no controlan ni siquiera el voto del tipo que les sirve el café en la sede del partido, pero es precisamente por eso que deben disimular fingiendo que aún manejan la espita que deja o no deja salir a borbotones el voto; sin dicha creencia habría que ser más o ser menos que humano para seguir dirigiendo la colectividad o, en subsidio, reemplazar la vocación política por la taxidermia. En breve, sin esa ilusión dichos personeros se quedarían sin mercancía virtual para negociar en segunda vuelta. La “libertad de acción”, entonces, no es un debate sino una mascarada. No puede darse o quitarse porque hace rato que los seguidores de la decé ya la tomaron en sus manos. Discutir acerca de eso sólo es un acto de malabarismo sin cuerda, sin red y quizás sin espectadores y que se ofrece al público tal como los viejos vendedores callejeros anunciaban la pronta aparición de la invisible culebra dentro de la maleta.

Baile de máscaras
Pero si lo de la “libertad de acción” es un “stunt” de marketing, una ilusión, también es algo real, a saber, otra rica faceta y avatar del cúmulo de contradicciones en que se mueve el progresismo y en especial su partido más ambiguo, vacilante, inquieto e incómodo. Sin domicilio conocido dentro de las fronteras de la cacareada “centroizquierda” y divididos internamente en facciones, más deteriorados aun están en su base, donde desde hace tiempo se ha ido produciendo un éxodo al revés, no hacia sino desde la Tierra Prometida o al menos la que les prometieron sus socios de coalición. Es fenómeno que no puede aceptarse públicamente o sería equivalente a apersonarse en el síndico de quiebras. Tampoco los demás miembros de la NM, pese al desdén con que miran a sus compañeros de ruta, están disponibles para algo más que reproches al borde de la rabia abierta y el desprecio, manifestado a veces casi desnudamente por un personaje locuaz como Andrade. Una coalición de izquierda siempre necesita maquillarse, en democracia, con un partido de “centro” o ahora, dicho con más audacia, de “centroizquierda”.

Fernando Villegas